Mercedes entró por la puerta, ni siquiera me dirigió la palabra. Está enojada aun conmigo por la pelea matutina que mantuvimos. No sé cómo llegamos a estos extremos pero diría que más que cuarto matrimonial deberíamos conseguirnos un cuadrilátero de boxeo, un jurado, sponsors, la chica de los carteles y disputar el titulo mundial de la razón en una discusión marital, peso mediano de la organización mundial de los cónyuges. Pues, últimamente nuestra relación se ha basado en ello. Peleas por doquier. Hostilidades constantes. Un país en guerra civil no mantiene tantos combates y guerras como nuestro matrimonio.
Se recostó en la cama y se durmió, previamente a realizar su berrinche entre dientes, el cual no pude discernir. Tampoco es mucho lo que pueda interesarme, solo que mi inquieta saber que variante sobre mi madre utilizara esta vez para insultarme. Nobleza obliga, es la perfecta señora a la hora de insultar: si no fuera mi mujer y no conociera sus horarios diría más bien que ha estado haciendo un magisterio en el arte de palabras vulgares. Si digo vulgares por no decir, “malas palabras”, porque las estas últimas no existen. Alguna vez uno de ustedes pudo presenciar el asesinato de una palabra a otra o en su defecto a un ser humano. Acaso han profesado hostilidades en contra de cualquiera?, por ello me parece pertinente superar esta cuestión, dejarla atrás. Volvamos al asunto de Mercedes y yo. o mas bien al final de nuestro matrimonio.
La cosa no pintaba bien, diría que casi ya no pintaba. Nos distraíamos mucho, nos hablábamos por obligación. Un tobogán de sospechas y desengaños era por donde se deslizaba nuestro matrimonio. En fin, jamás imagine que esto terminaría así, por ello con el tiempo casi no nos ayudábamos con nuestras cosas personales. Era como vivir en inquilinato el uno con el otro. Solo nos reuníamos para observar los gastos mes a mes y sacar cuentas de lo que nos correspondía a cada uno. El clima era hostíl. Casi ya nos desconocíamos, y era como vivir entre fronteras. Mis sitios de ocupación eran el dormitorio de huéspedes que estaba en el ala norte de la casa. También me correspondía el baño de ese sector, el garaje, la mitad del patio trasero (esto incluía la mitad de la piscina, una reposera, uno de los perros galgos, tres rosales, las portulacas, el aloe vera). Además ese sector contaba con cocina en el quincho así que me las arreglaba como podía. Sin dudas era un divorcio encubierto, pues el aire se cortaba con tijeras. Del otro lado, no se oían mayores cosas. Mercedes se había quedado con el resto de la casa, incluyendo la puerta principal, y así nos habíamos quedado en conformidad absoluta aunque sin saber el uno del otro.
Un sábado a la tarde llegue de trabajar en la oficina y sinceramente no había nada para engañar al estomago. Mire la hora, eran las tres de la tarde, no existía la posibilidad de que algún almacén estuviese abierto, y además era enemigo de comprar en los grande supermercados. No me agradaban en lo más mínimo. Supuse pues que lo mejor era quedarse en casa y revisar rincón a rincón. Algo habría de encontrar al menos hasta que se hagan las cinco de la tarde y los negocios me recibiesen como su huésped favorito, ávido de saciar mis ansias de comprar. Hasta ese momento debía conformarme con seguir en la expedición de búsqueda de sustancia alimenticia.
Las alacenas vacías, los bajo mesadas mostraban un aspecto similar: solo algunas latas de conserva de pescado (cosa que no me agrada en lo mas mínimo) y el resto vacío. Nada por aquí nada por allá, silencio absoluto. Mi pana cruce, se retuerce, la situación cambia de fase. De parcialmente controlada hacia alerta roja. El ritmo frenético de mi apetito estaba sofocando mis pensamientos, mis actividades reflexivas. De ser racional cartesiano cogito ergo sum a un mamífero buscando la supervivencia dramáticamente, sin autocontrol. La crisis era total. Yo ya no era yo, ni siquiera mi súper-yo. Alguien más había entrado en ese cuarto y se había apoderado de mi cuerpo. Algo no andaba bien, y mis ideas y yo estábamos desapareciendo conforme avanzaba este sentimiento casi pulsional, por saciar el hambre que habitaba en mi cuerpo. Dicen que el ser humano no ha dejado nunca de ser un animal, al menos es un animal social. Sin embargo, este animal se estaba comiendo mi parte racional. Me estaba descarnando a cuchilladas limpias. No paraba, sus deseos eran más fuertes. El hambre era su mobiliario principal, aunque debo confesar que atrás de ello había otros motivos. El graznido que lanzaba estaba compuesto por algunas voces pequeñas ocultas que denotaban cierta insatisfacción en su interior. El hambre fue el disparador principal para que esos sentimientos reprimidos salgan al exterior, desde esa persona que era otra pero al mismo tiempo era yo mismo viéndome frente al espejo. Y mi cuerpo recibía esto y lo sentía ya fuera de control. En la puja por hacerse de este cuerpo sin control, yo y esta otra persona, las cosas de alrededor comenzaron a ser un obstáculo casi mortal. Luego de algunos movimientos bruscos, decidí realizar una tregua y un pacto de no agresión entre esta persona, digámosle “X” y yo. La cosa no era tan sencilla, yo me comprometía a conseguir comestibles, en tanto el no parecía nunca más. En consecuencia, la tarea no era nada sencilla. Al parecer el panorama era bastante desolador en el resto de mi “media casa”. Era un desierto y hasta surgían oasis de comidas. Una y otra vez fui preso de mis engaños. Creí ver enormes manjares servidos en las mesas, en las estanterías en las mesadas, hasta por el patio creí oler, saborear un exquisito pollo relleno recién cocinado. Esto nos demuestra el poder de la mente. En este sentido, un órgano vital le exige al cuerpo comida, este se comunica con el cerebro y allí es donde todo el juego comienza. Al no encontrar soluciones la imaginación y la necesidad juegan con nosotros. Las pulsiones y los deseos de los sueños inconscientes se materializan en el día. Lo que en la noche parece ser un espejismo de la actividad cerebral, con la luz del sol se convierte en delirio y maquinaciones conscientes.
Ya era hora de parar con esta locura. Mi hambre necesitaba ser saciada sino sabía lo que me esperaba. Seguí con mi búsqueda infinita. Comencé a revisar alacena por sector: al primer sector lo denomine pocillero. En este pequeño espacio se depositaban los envases, tazas y vasos. Todos los recipientes para beber o cocinar, o solo para retener líquidos. Detenidamente, realiza un inventario minucioso de estos objetos y me di cuenta de que estaban ordenados por color, años de producción, y hasta por tamaño. Algo asombroso considerando mi poco interés por el ordenamiento de las cosas y por el orden en general. Seguí con el segundo sector, el lugar de las ollas, fuentes y cacerolas. Aquí tampoco encontré mayores cosas. Lo mismo que en el anterior sector. Había un minucioso apego por el orden y por dejar en claro que los objetos se situaban de una determinada manera. Mientras realizaba mi búsqueda, el silencio de la casa me ensordecía. La tarde ya iba muriendo, casi que agonizaba lastimosamente. Sin embargo, en medio de mi inclaudicable búsqueda ruidos extraños interrumpieron el sosiego de la casa. Pensé a primera impresión: “Mercedes, otra vez, esta limpiando su parte de la casa”. Una extraña sensación me hizo revisar por las dudas que mis sospechas eran ciertas. La sorpresa fue que Mercedes no era, por lo tanto, invadí su parte de la casa, furtivamente en clandestinidad absoluta. No había rastro alguno de ella. Su dormitorio (antiguamente nuestro) estaba ordenado. La ropa y sus cosas estaban perfectamente colocadas en el placar. Deduje que aquel orden del almacén de suministros del subsuelo donde encontré aquella vajilla había sido víctima de las mimas manos que este cuarto. Mercedes tenía algo que recién descubría: obsesión por el orden y la atención para con los objetos domésticos. Yo distraído y desordenado, quizás comenzaba a entender porque me había dejado sin dejarme.
Revisé todos los lugares, a Mercedes parecía habérsela tragado la tierra, y además esos ruidos cada vez eran más fuertes. Respiración y pasos, retumbaban con eco por todo el lugar. Sombras y movimientos se posaban sobre mi espalda. Ahora no tenía solo el problema de mi hambre: se le había sumado la misteriosa desaparición de “Mecha” y estos sonidos que no dejaban de atormentarme. Lo que había comenzado como simples ruidos foráneos, resulto ser algo ominoso y de un profundo enigma para mí. Recorrí toda la vieja casona y nada. Ni un solo rastro que indique la presencia de alguien más en la casa. Risas, gritos, llantos, fuertes respiraciones. La vieja máquina de coser a cada hora sonaba como si alguien se posase en ella y luego se culminara con su labor. El lavadero olía a vida, a frescura y cierto aire viciado de desparpajo y amenidad. Era la perfecta representación de la casa como un Locus amoenus. Sin embargo, y esto ya inquietaba por demás, no había nadie en la casa. Las penumbras comenzaban a abrazarme profundamente. Intenté encender las luces pero algo me detuvo. Mire hacia mi sector de la casa: un viejo candelabro y con velas nuevas. Palpe mi saco y recordé que había dejado de fumar, era todo un moderno, mi encender seguía allí por esos designios de aquello que llaman destino. El candelabro daba cierta gama de colores: rojo, amarillo, negro en distintos tonos y naranja. Resplandeciente, la casa se iluminaba tenuemente.
Los visitantes manifestaban sus emociones: quisiera poder conocerlos en persona, y así darles un juego de llaves, que se sientan como en su casa, sentirme un poco mas acompañado. Desde la muerte de nuestros hijos con Mercedes nos hemos sentidos muy solos. Luego de contemplar este concierto exclusivo, decidí que era hora de seguir con mi viaje hacia las profundidades del cuarto de suministro en busca de lo que me había mantenido ocupado aquel día: “mi terrible hambre ciega”. Aunque los ecos de las voces y la música de los “visitantes” se hacían cada vez más fuertes en mis oídos, mi tarea era más importante, no podía permitir que ese horrible hombre apareciera dentro de mí nuevamente. En consecuencia, proseguí con el sector que había dejado atrás. Cuando me distrajeron aquellos extraños que ahorita mismo ya no lo eran tanto, más bien eran mis familiares dada las circunstancias de soledad total, solo me gustaría que se pongan cómodos y dejen de actuar como extraños.
En el nuevo sector, encontré latas de todo tipo: para fideos, para arroz, para yerba (mate), para yerba, harinas, galletitas, y demás cosas. Lo irónico era que tan solo el exterior funcionaba como tal pues al ir revisando cada una no encontré nada. Quedaba una última lata de forma cilíndrica con un estrecho cuello para la rosca de la tapa. Era una lata vieja y con un valor especial. Aquella lata había sido de los familiares de Mercedes. Había cumplido su función ininterrumpidamente. A mi parecer, merecía la jubilación, ya los bordes estaban oxidados y la vieja marca de galletitas casi no se leía. Al tomarla entre mis manos sentí que algo contenía, la agite con fuerza esperando que se destruyera la estructura en vano. Logre con cierta dificultad desenroscar la tapa, del interior salieron ciertos olores que provocaron en mi mente nostalgia. Esos olores que recuerdan a un pasado perfecto. Algo familiar sentí al descubrir esas aromas: mi infancia, mis padres y mis amigos. Ese lapsus tuvo que ser breve, me intrigaba saber que contenía: era necesario saciar mi apetito con lo que fuera pero de inmediato. Y casi sin pensarlo dos veces, metí la mano en la lata.
Al incurrir en tal acción las voces comenzaron a sentirse más cerca, los pasos ya sonaban reales. Las sombras de las figuras humanas en apariencia poblaron el muro detrás de la puerta de entrada al subsuelo en paralelo a la escalera que bajaba desde la cocina. Mi desesperación doble me llevo a un estado de nerviosismo incontrolable. La mano se me había atorado en la lata. En el fondo de la misma había galletitas que podrían satisfacer mi necesidad urgente. Lo malo es que la mano no se podía zafar. Comencé a girar de la desesperación. El cuarto se volvió pequeño. Todos los objetos del lugar tropezaban con mi brazo enlatado. Las figuras seguían avanzando hacia el cuarto. Necesitaba cuanto antes salir de allí. Las voces eran insoportables, los gritos también. Entre esos ruidos podía escuchar que alguien sabía mi nombre y me llamaba: “Santiago vení, dale acércate, vení te digo, acércate que tengo algo para darte”- increíble la voz se asemejaba a la de Mercedes. Por un momento dude, mi cuerpo sintió deseos de libertad y moverse hacia la multitud era una opción. Me resistí, Salí de aquel lugar mediante un puerta que daba hacia el patio en donde había un escalera para subir hacia el mismo. Corrí con todas mis fuerzas pero parecía estar en un sueño pues no avanzaba y al contrario aquellas figuras se me abalanzaron sobre mí. Caí y me desmallé estremecido de miedo y estupor. Al otro día desperté e hice las valijas. La desaparición de Mercedes y las extrañas compañías me empujaron hacia el cancel de la puerta. Le deje una nota a mi ex mujer. Espero que al menos sepa de ella. Sin dirección fija partí aquel día. Tome lo que pude y hui despavorido de aquella vieja casona. Quién sabe, ahora estarían más tranquilos sin mí y quizás , porque no, sin Mercedes.
Ahora me instalé en un edificio que aparenta limpieza y colores suaves: diría más bien que el blanco es color que más predomina. Tengo vecinos de distintas variedades: como en cualquier barrio algunos duermen la siesta, otros corren de aquí para allá buscando más tiempo, algunos gritan y beben de noche: en juerga constante, otro tan solo pasan el tiempo. Ah el tiempo es algo que todos quisiéramos detener. Para nosotros los occidentales el tiempo se gana, se pierde, se pasa. Usamos relojes porque es importante tratar de controlar su ritmo. Para otras culturas indígenas: el tiempo es circular. Las etapas se repiten. El tiempo no se gana ni se pierde. Tan solo es algo natural al universo que nos rodea. Solo importa la comunidad y los designios de los dioses. Debería decir que hasta sus dioses son más factibles y benignos que los nuestros: el sol, la luna son sus faros para saber que va a suceder, el nuestro se deposita quien sabe dónde y siempre está a punto de castigarnos. En fin, volviendo a mi cotidianeidad, al menos estoy tranquilo. Laburo en mi depto.
-Santiago! Vení, acércate, dale vení te digo, acercate……… es hora de tus pastillas. Acordate que por la tarde tenemos que hacerte un chequeo. Tu compañero de cuarto se quejo. Dijo que tiraste todas las cosas….. Santi ¿me estas escuchando?
Pobre Santi! La muerte de Mecha nunca la supero…….Encima anda con esa lata de metal oxidada para todos lados. Aun no logro entender porque deja su mano allí dentro y no permite que nadie la toque…….